Libro III, Capitulo 3: Un Jardín Lleno de Memorias.

Aun recordaba la vieja casa, una pequeña cabaña en medio del bosque no lejos de la ciudad de Felenis, estaba rodeada por matorrales llenos de ricas cerezas, en la parte trasera había un hermoso jardín lleno de coloridas flores y plantas frutales, colorido, lleno de armonía, en el centro del jardín se encontraba un manzano, de gran tamaño, parecía ser un centinela, protegiendo el hermoso jardín y a los pies de este centinela se encontraba la razón por la cual todos los sábados desde hace más de 5 años el viejo león llegaba cabalgando en su caballo, una piedra, la cual era el baúl de lo que alguna vez fue la época más feliz de su vida.
El león desmonto y camino directo al jardín, después del “accidente” el león decidió mudarse, simplemente quedarse en esa casa le provocaba mucho dolor, un dolor insoportable, vacío, como el peor de los venenos, así que decidió convertir la casa en un orfanato, con la condición de que el jardín permaneciera intacto no le importaba que pasara con la casa, y así, durante años se encargó de que el jardín fuera creciendo, se volviera hermoso, colorido, lleno de vida, como se supone que tenían que ser los jardines, cuando llego hasta el árbol, se hinco y puso una pata en la fría lapida –Hola, ¿Cómo estás?- se quedó un momento observando, esperando desesperadamente recibir cualquier tipo de respuesta, lo que fuera, después de un rato de un silencio inmenso, suspiro y se sentó junto a la piedra, empezaba a atardecer, Regulus disfrutaba mucho de observar los atardeceres junto a “él”, era algo que a la vez le alegraba pero también le partía el corazón poco a poco.
-Perdón por venir en jueves y no sábado como es costumbre, pero, necesitaba hablar contigo, hace poco Ayrton me busco, ha envejecido bien, se ve contento y lleno de vida, en fin, me fue a buscar para ofrecerme un trabajo, sé que prometí no seguir con lo que hacía pero involucra a su hijo menor y me pidió desesperadamente mi ayuda, y pues me puse a pensar en lo que dirías y sé que me insistirías en tomar el trabajo, así que acepte- Regulus arranco un diente de león, lo sostuvo entre sus dedos, y con una lagrima suspiro –Los dientes de león se han puesto muy bonitos, le dan un tono de amarillo muy especial a tu jardín, te encantaría verlos con la luz que proyectan los atardeceres- se quedó callado, de nuevo, esperando respuesta –Me iré unos días, calculo un mes, pero me encargue de que alguien cuide tu jardín, no te visitare en un tiempo, pero me llevare tu medallón para que no estemos separados tanto tiempo, te prometo regresar pronto- el sol comenzaba a ocultarse lentamente, Regulus apoyo su cabeza en la lápida –sabes….extrañare mucho ver los atardeceres a tu lado, sé que he tomado mucho y está mal, pero la verdad, es que es lo único que me ayuda a dormir, es lo único que me alivia este dolor, sé que tengo que dejar de hacerme esto a mí mismo, que si me vieras ahorita estarías decepcionado de mí, por eso tome el trabajo, me ayudara a recuperar la compostura, a retomar mi camino, a distraerme un poco, me da miedo, me da miedo que me desvié mucho y te empiece a olvidar, por eso no te dejare de visitar- puso su cara entre sus patas y entre lágrimas exclamo –estoy perdido, por favor, dame una señal de que hare lo correcto, dame algo que pueda usar como excusa para seguir esto, por favor- cerro los ojos, abrazo sus rodillas y hundió su cara empapada entre sus rodillas, estaba devastado, le costaba tanto levantarse, le costaba tanto irse de ahí, porque él no quería irse, la soledad lo carcomía poco a poco e ir al jardín no ayudaba, cuando creía que había superado su tristeza, se daba cuenta que se hundía cada vez más, en ese momento una suave brisa paso por su melena la cual estaba pintada de plata por las canas que habían salido los últimos años al levantar la cara pudo sentir un aroma familiar, ese aroma dulce que amaba sentir todas las mañanas que paso en esta cabaña en compañía de ese ser tan especial, en ese momento lo entendió, se limpió la cara y dijo –Gracias, prometo levantarme y seguir- y con una cálida sonrisa observo el sol ocultarse, era extraño pero después de eso tuvo la leve sensación que junto a él no había una lápida, se sentía acompañado, cuando el sol se ocultó y las estrellas empezaron a brillar en la bóveda celeste, se hinco enfrente de la lápida, cerró los ojos y puso una pata sobre la lápida –No olvides lo mucho que te amo como yo no olvidare lo mucho que tú me amas, seguiré adelante- se levantó y por primera vez en mucho tiempo se sentía vivo, con ganas de luchar, así que tomo su montura y partió al palacio, donde una nueva aventura le esperaba, esta vez, no estaba solo.
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