Libro I, Capítulo 10: El capitán caído, Parte 4

No sabía dónde se encontraba, todo estaba oscuro a su alrededor, no sentía nada, recordaba lo que había pasado, recuerda como lo derrotaron, como lo humillaron, ¿Acaso estaba muerto?, ¿era este el infierno o el paraíso? O ¿se encontraba en el purgatorio?, la verdad no le importaba, solo quería quedarse ahí, sentado, recordaba bien lo que decía su padre –tú tienes que aprender a pelear con tu espada, no con tu lengua- su padre le dijo eso cuando se enteró que Sebastián faltaba a sus entrenamientos para tomar clases de poesía –la diplomacia no es tan efectiva como una flecha al corazón- y eso le dijo cuándo se enteró que había llegado tarde a su lección de arquería por estar estudiando diplomacia, el nunca sintió gran emoción por blandir una espada, por pelear, prefería el estudiar, leer, inclusive el escribir, pero lamentablemente en la sociedad en la que se encontraba ese tipo de cosas eran mal vistas, tenía que saber pelear bien, ya luego podía demostrar si era un buen estratega o diplomático, por eso había escapado en primer lugar, él quería encontrar un sitio donde el pudiera ser el mismo sin miedo a que la sociedad lo viera mal, sin tener que soportar a su padre regañándolo por gustarle cosas diferentes.

En Felenis sentía que había encontrado ese lugar, la ciudad era muy variada, podías encontrar prácticamente todas las especies ahí y nadie te juzgaba, al menos no demasiado, si tú eras tú mismo, siempre y cuando no fueras muy obvio o interfirieras con los asuntos de los demás, podías dedicarte a lo que quisieras, él había encontrado en la ciudad muchos grupos de debate, poesía, diplomacia, ética y estos grupos eran muy variados, sacando provecho de sus clases de esgrima y arquería se enlisto para pertenecer a la guardia del rey, aunque no le gustaba pelear y mucho menos matar, le agradaba la idea de hacer lo correcto, de hacer justicia, de hacer que las reglas se respetaban, con el tiempo y también con la ayuda de su disciplina, arduo trabajo y habilidad para ser un buen estratega escalo rápidamente la escalera y de ser cadete llego a ser capitán de la guardia real, un rango bastante alto y se sentía orgulloso de pertenecer a esa guardia, sobre todo porque en el palacio aplaudían su gusto por el estudio y la diplomacia y a la mayoría de los lores les agradaba más el resolver los conflictos por medio de la palabra y no la lucha, y así fue hasta este fatídico día donde fue derrotado, donde había hecho mal su trabajo, todo se había derrumbado, sus sueños, esperanzas, ganas de seguir adelante, todo se había perdido, aunque no había muerto de manera física, se sentía muerto por dentro, poco a poco dejo que la oscuridad lo absorbiera, se sentía bien irse perdiendo en el olvido lentamente, se sentía en paz, libre, no tenía que seguir más las reglas o los códigos de conducta, no tenía que preocuparse de que tan normal fuera que le gustaran los chicos y no las chicas, por fin, podía ser el mismo.

Se vio a si mismo caer en la oscuridad, su ropa se desgarraba poco a poco, sus medallas se desprendían de su pecho y se desvanecían en la nada junto con sus recuerdos, junto con los recuerdos de su padre, su hermana, su madre, sus pocos amigos, los maestros que tuvo, los pocos amoríos frustrados que experimento, todo se perdía en la nada, cerró los ojos y se dejó caer cada vez más hondo, entonces en ese momento recordó algo, un león, un león de pelaje tan negro como la noche y ojos tan brillantes como el sol, un león que arriesgo su vida para salvarlo, que aun sabiendo que se podía meter en problemas decidió rescatar a Sebastián, un león que teniendo la oportunidad de escapar regreso y lo salvo, un león que sin conocerlo y mal herido lo cargo entre sus brazos para llevarlo a un lugar seguro, un león.

Empezó a sentir una sensación cálida en su rojo pelaje, una sensación que lo obligo a abrir sus ojos azules, y fue ahí cuando lo vio a lo lejos, un par de ojos dorados, y una pata negra estirándose para alcanzarlo y rescatarlo de nuevo –toma mi pata- dijo una voz, Sebastián intento alcanzar la pata, pero estaba agotado, no le quedaban fuerzas para luchar, -no te rindas, no todo está perdido- volvió a decir el león, Sebastián lo miro fijamente y dijo –pero es muy difícil y frustrante, tener que esconderte y ocultarle a todos quien eres, no quiero seguir peleando, no me gusta pelear- cerro los ojos con lágrimas amargas, se sentía decepcionado y la derrota lo arrastraba más hacia el fondo de esa inmensa oscuridad –lo sé, por eso mismo hay que luchar con más fuerza cuando nos derrotan, por eso mismo hay que levantarnos cuando nos señalan y demostrar que no tenemos miedo, por eso mismo es importante no solo saber quiénes somos sino, aceptarnos como somos, no podemos exigir que nos respeten y acepten si nosotros no nos respetamos y aceptamos como somos, toma mi pata y lucha a mi lado, juntos, podemos mejorar las cosas, tal vez, no para nosotros, pero si para las generaciones que vienen, y si al final nos derrotan, entonces nos iremos bañados en gloria y serviremos como ejemplo de que no importa que pase, tienes que continuar- Sebastián abrió los ojos, el león tenía razón, no se trata de caernos si no de levantarnos, y cuando nos levantemos, nos levantaremos con más fuerza, lucharemos con más ánimo, y no importan si nos derrotan, simplemente nos levantamos de nuevo, hay que seguir adelante, Sebastián se esforzó para levantar su brazo derecho e impulsarse en dirección del león para agarrar su pata, poco a poco ascendió, poco a poco recupero sus recuerdos, sus medallas, su ropa, poco a poco, recupero su ser y por primera vez en mucho tiempo se sentía orgulloso de quien era, por primera vez en mucho tiempo se miró así mismo y se aceptó tal cual y fue en ese momento que lo entendió, la verdadera lucha apenas comenzaba.
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