Libro I, Capítulo 11: Una Doble Jugada, Parte 2

Regulus subió las escalera y se dirigió de manera instintiva al cuarto donde tenían al zorro, el mismo cuarto en el que Regulus paso incontables noches junto a Amir, era algo incómodo pero en ese momento nada más le importaba saber cómo se encontraba el zorro, subió las escaleras, dio vuelta a la derecha y se dirigió a la puerta del fondo, la abrió despacio y encontró a amir sentado junto al zorro, los pantalones del zorro estaban en el piso y su túnica sobre el respaldo de la silla, ambos manchados de sangre, el cuarto tenía un fuerte olor a sangre y alcohol, el zorro respiraba de manera tranquila sobre la cama, el torso vendado y la nariz con un poco de sangre seca, la nutria estaba limpiando con cuidado la nariz, con miedo de despertar al zorro de tan profundo sueño, cualquiera que este fuera, Amir vio a león y con la boca gesticulo un –Hola- el león devolvió el gesto y con cuidado entro en la habitación, cerrando la puerta detrás suyo, se acercó a la cama y observo al zorro, por primera vez podía admirarlo, pelaje rojo como el fuego a excepción de su pecho donde había una mancha de pelaje blanco como la nieve que se extendía hacia abajo, que tan abajo el león no lo sabía ya que las cobijas tapaban la parte inferior del zorro, en los huesos de su cuello había una delgada línea de pelaje café rodeando su cuello formando un collar natural como era distintivo de los zorros, la parte inferior de su hocico y el interior de sus orejas triangulares estaban coloreadas con ese pelaje blanco que contrastaba muy bien con el pelaje rojo que cubría la parte de sus ojos y hocico, el contorno de sus orejas estaba delineado por el pelaje café de su cuello, sus hombros y brazos estaban cubiertos de ese rojo ardiente e intenso, a partir de sus codos el pelaje se tornaba café hasta llegar a los dedos de sus patas, Regulus sentía mucha curiosidad por ver más del zorro pero no era el momento indicado, la expresión del zorro era de paz –paso por mucho pero se ve que es muy fuerte estará bien, no te preocupes- amir miro a Regulus pero el león estaba perdido en el rojo intenso del zorro, amir giro la cabeza y en un tono frio pregunto -¿Quieres que los deje solos un rato?- el león asintió y continuo observando al zorro la nutria se puso de pie, dejo lo que estaba usando para limpiar el hocico del zorro sobre la mesa y se dirigió a la puerta, la abrió y se detuvo ahí esperando cualquier excusa para correr a los brazos del león pero lo único que obtuvo fue la imagen del león explorando al zorro con una mirada que lo decía todo, la nutria con el corazón roto salió de la habitación y la cerro al salir.
¿Qué estará soñando?, se preguntó el león mientras observaba al zorro respirar profundamente, en un instante la expresión del zorro cambio drásticamente, de tranquilidad a tristeza, el león instintivamente tomo la pata del zorro con un gesto de preocupación, entonces el zorro abrió los ojos, unos ojos tan azules que parecían un par de zafiros, un color tan intenso que el cielo mismo palidecía en comparación, pero no solo era el color, si no, que los ojos expresaban calidez, tranquilidad, amabilidad, unos ojos que no importaba que estuviera pasando alrededor con mirarlos podías sentir que todo iba a estar bien, unos ojos que te hacían sentir bien, que te provocaban sonreír, unos ojos que provocaron que el león cayera rendido ante ellos, el león había sido enjaulado por aquellos ojos.
Cuando Sebastián alcanzo la pata en su sueño todo lo demás se desvaneció, la tristeza, la derrota, la frustración, solo quedaba la felicidad, la pasión por seguir adelante y sintió tan real es momento que algo en su interior le susurro –despierta- el zorro abrió los ojos y lo vio por segunda vez en ese día, era el león, aquel león con pelaje tan negro como la noche, y esos ojos dorados que contrastaban de una manera muy especial con los ojos azules que el poseía, esos ojos dorados llenos de pasión, de coraje, de entusiasmo, unos ojos que al verlos te provocaba levantarte, que no importa si te habían derrotado solo tenías que ver esos ojos para ponerte de pie de nuevo, unos ojos que encendían en tu interior la llama de la pasión, unos ojos que hacían que Sebastián se sintiera protegido, y en ese momento el zorro renuncio a su libertad emocional para volverse esclavo de esa pasión y desenfreno, el zorro había sido enjaulado por aquellos ojos.
Fue en ese ínstate, cuando las estrellas presenciaron como el destino de un zorro de pelaje tan rojo como el fuego y un león de pelaje tan negro como la noche fueron atados.
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