Entre los árboles

– ¿Te conté cuando me perdí entre los árboles?

                – No, no lo has hecho.

-Paso hace mucho tiempo, cuando era muy joven.

                – ¿Importa eso?

-No, supongo que no.

                – Discúlpame, ¿qué ocurrió entonces?

-Un verano visité la casa de mi padrino, el mejor amigo de mi papá, él vivía en una zona selvática, en algún lugar apartado de Tabasco. De día me gustaba salir a caminar al monte, investigaba cuáles eran las zonas más recónditas, donde la vegetación se hacía más tupida y se volvía difícil ver la luz del sol. Mi padrino era ganadero y se la pasaba todo el día con sus animales, desde que salía el sol hasta que se ocultaba, entonces sólo lo veía en las noches y los lunes, el día que descansaba.

Un lunes mi padrino decidió acompañarme al monte, le había contado de todos los lugares por los que había caminado y cómo podía reconocer fácilmente la forma de regresar a la carretera. Él me escuchaba siempre con atención y le pareció muy interesante que un citadino se las hubiera ingeniado para adaptarse tan rápidamente al campo, así que quiso conocer los lugares que había explorado.

No soy un prodigio en el campo de la orientación, simplemente había leído un buen libro sobre senderismo y aprendí trucos como observar el musgo, el sol, los ríos y esa clase de cosas de niño explorador. En fin, mi padrino y yo llegamos a una parte especialmente densa de la selva, me gustaba porque casi no había ruidos ahí, parecía que los animales callaban en ese lugar.

                -No me está gustando esa historia, suena a que algo malo pasó.

-Sí, pasó algo malo.

                -No quiero escuchar ese tipo de cosas ahora.

-Probablemente esta sea la última ocasión que tenga para contártelo.

                -No digas eso.

-Es verdad, ahora escucha.

Nunca pensé en la posibilidad de que hubiera animales salvajes en la zona, simplemente era muy ingenuo, o muy estúpido, pero en ese caso también lo fue mi padrino. Caminamos hasta el punto más alejado que había explorado, había un pantano algo grande ahí. Los dos miramos hacia el pantano un buen rato, absortos en la belleza del paisaje, era como si alguien hubiera cortado un círculo perfecto en los árboles, creando un claro completamente simétrico sobre el pantano.

Apenas se escuchaba el murmullo del agua y del viento, los animales callaban. Mi padrino de pronto cambio su semblante, se puso nervioso y me pidió que nos fuéramos de inmediato. Mi reacción fue preguntarle con calma la razón de su prisa, él no respondió, me tiro del brazo con fuerza, tratando de llevarme de vuelta a la vegetación. Cedí al ímpetu de mi padrino y caminé con rapidez de vuelta hacia la carretera, no caminamos más de veinte metros cuando empezamos a sentir que el piso se movía.

Mi padrino trató de correr conmigo, pero la sacudida fue tan fuerte que nos derribó a ambos, de pronto notamos sobre qué habíamos estado caminando desde hacía por lo menos medio kilómetro: un suelo artificial cubierto por algo semejante a lirios que se enredaban entre sí y ocultaban la verdadera superficie, las espaldas de cientos de cocodrilos. La falta de luz por la densidad de los árboles nos hizo imposible ver qué estuvimos pisando…

– Suena increíble, ¿cómo pudiste caminar medio kilómetro sobre espaladas de cocodrilos sin darte cuenta?

– ¿A caso tú creías posible este escenario? ¿Creías posible que me callera en esta barranca?

                – Por favor para, no puedo con eso… yo no puedo.

-Estoy maldito, todo esto es mi culpa, esto tampoco era probable…

                – ¡Ya cállate! Dime, ¿qué pasó después?

-Un cocodrilo arrastró a mi padrino de la pierna, de pronto todos se abalanzaban sobre él, había mucha sangre, creo que incluso se atacaban entre los mismos cocodrilos… No sé cómo, estaba lleno de adrenalina, pero el nivel del pantano era bajo y pude correr entre las aguas hasta donde empezaba la selva. Recuerdo que el ruido era terrible, el chapoteo de cientos de reptiles asesinos. Corrí durante mucho tiempo, no tengo idea de cuánto fue, sólo recobré la conciencia cuando empecé a sentirme muy débil y súbitamente sentí un ardor espantoso, dos dedos de mi mano ya no estaban, brotaban dos gruesas líneas de sangre que me cubría la mano por completo.

Sólo entonces pensé en mi padrino, en cómo lo habían arrastrado, en sus horrendos gritos de desesperación ¡Alejo! ¡Ayuda! ¡Por dios! ¡Ayuda! Me desplomé en el suelo, estuve un rato sentado, sin poder ni querer levantarme. Hasta que fui consciente de que no sabía dónde estaba. El sol estaba muy bajo ya, apenas se podía percibir en el horizonte; caminé en dirección oriente, hacia la carretera, pero antes de que pudiera llegar a algún asentamiento humano la oscuridad llegó.

                -Esa historia es horrible.

-Tú querías escucharla.

                -Tú querías contarla.

– ¡Ufff! Pase la noche caminando hacia el oriente, me aferraba al oriente. Caminé en línea recta por horas hasta que físicamente no podía más y caí sobre un área de pasto. Cuando desperté el sol está en su cenit, me puse en pie y comencé a llorar por primera vez, lloré mucho por mucho tiempo. En algún momento empezó a oler a humo y entonces pude ver la quema de un sembradío muy grande, todo el humo iba directo a mí. Corrí llorando hacia la quema y encontré a una familia de agricultores, apenas sabían hablar español, pero lo suficiente para que entendieran la historia que les conté. Me cuidaron hasta que sané y recuperé mis fuerzas, estuve como catatónico durante los dos primeros meses que viví con ellos.

              – ¿Todavía estás en contacto con esa familia?

– Claro, tú siempre has creído que ellos son mi familia biológica. Cuando me recuperé fue que empecé a trabajar en Pemex, subí rápidamente de puesto, después de todo había estudiado seis semestres de ingeniería petroquímica y la gente con mis conocimientos era muy solicitada entonces en Tabasco. Cuando tuve suficiente dinero y me ascendieron a inspector de pozos los llevé a vivir conmigo a Ciudad del Carmen, sólo llevábamos viviendo ahí tres años cuando me transfirieron a Tamaulipas y te conocí. Yo les pedí que te mintieran todo este tiempo.

                – En verdad ahora creo que eres un demente.

– Mi padre piensa que desaparecí en la selva de Tabasco junto a su mejor amigo hace mucho tiempo, nunca tuve la fuerza de decirle que él murió por mi culpa. Quiero que tú te vayas de aquí y le digas que por favor me disculpe, que fue mi culpa ¡Perdón, papá! ¡Dile que lo quiero, y a mí mamá y a mis hermanas! ¡Dile a Raúl que me disculpe por nunca haber regresado!

                – ¡Alejo, tranquilízate!

– ¡Vete ya! No tiene sentido que te quedes, si oscurece los dos podemos morir, hay zetas cerca, lo sabes.

                – ¡Deja de asustarme!

– ¡Por favor vete, puedes pedir ayuda para mí si llegas a un lugar con recepción o a una población!

                – ¡No sé cómo regresar sin ti, ya te lo dije!

– En mi mochila está el libro de senderismo que leía cuando era joven. Te va ayudar, sólo camina hacia el oriente, aún tienes tiempo antes de que oscurezca.

                – ¡Pero tu pierna…!

– Está bien, aguantaré, creo en ti. Te quiero.

                – ¡No me iré!

– ¡Por favor, ve! Te voy a esperar aquí.

                – ¿Lo… lo prometes?

– No tengo a dónde ir, jajaja. Ya vete.

                – ¡Más vale que estés bien cuando regrese!

– Sí, estoy mejor ahora que sabes esa historia. Adiós María.

                – No te despidas idiota, regresaré rápido…

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