Los parásitos

En las calles de la Ciudad de México deambulan creaturas hematófagas que simulan ser humanas, no obstante, son viles imitadoras de la apariencia y convenciones que usamos las verdaderas personas. Algunas son más hábiles que otras para camuflarse, pero todas logran pasar desapercibidas entre la mayoría de los alienados citadinos. Nadie sabe con exactitud de dónde llegaron, ni que son.

Estos seres han asesinado a al menos dos docenas de hombres y mujeres durante los últimos veinte años, sin embargo, son pocas las personas que los han reconocido como monstruos antropomorfos, aún menos quienes se atreven a hablar al respecto, ya sea por miedo a perder la vida o por incredulidad.

Aquellos que han admitido identificarles los describen de diferentes maneras. Algunos testigos consideran que son atractivos y sensuales, para otros testigos son desagradables y hasta repulsivos. Esto puede deberse a la existencia de diversas subespecies, mas todos ellos tienen características muy especiales que los hacen indudablemente parte de la misma familia de engendros: estos parásitos cazan gente para alimentarse de su sangre, los drenan hasta la última gota y después desaparecen durante meses o años.

Son entes precavidos que evitan tener contacto con el mundo a menos que necesiten comer, y cuando aparecen sólo les importa conseguir una presa. Sitúan sus ojos ansiosos en el objetivo, con la miranda tan llena de hambre y deseo que pareciera desgarrarles el alma, si es que tienen una. Su olor tampoco es convencional, algunos testigos dicen que tienen un aroma frutal muy artificioso, como una carnada odorífera especial para su víctima. También hay testigos que afirman que no poseen olor.

Se les ve por la noche en zonas ruidosas y con mucha iluminación, particularmente en antros y salones de baile donde se mezclan entre la multitud y observan los hábitos de la clientela, escogiendo a su próxima presa con paciencia. Cautelosamente vigilan al elegido o elegida durante días o semanas antes de actuar, las víctimas nunca los ven hasta que ellos deciden presentarse.

Las creaturas saben qué hacer y qué decir para no levantar sospechas cuando abducen a sus víctimas, aunque existen los testigos, individuos muy observadores y sensitivos que presienten y prestan atención a los parásitos, por ellos se conoce la presente información. Desafortunadamente para las víctimas, la mayoría de los testigos son temerosos, y si a eso sumamos la deficiencia de la fuerza policiaca no es extraño que estos monstruos sigan en el anonimato.

Sabemos que surgieron en los 90, a la par del drástico aumento de la violencia en la ciudad, probablemente no sea una coincidencia. La frecuencia de los crímenes violentos en la metrópolis ha diluido la atención de autoridades y medios de comunicación en los extraños asesinatos cometidos por los parásitos. Los casos fueron investigados cansinamente y casi siempre se cerraron cuando la policía concluyó que las muertes habían ocurrido por improbables suicidios. Algunos casos siguen abiertos, pero nada pronostica que lleguen a un resultado diferente. Las últimas víctimas conocidas son un profesor de bachillerato y una joven cajera de banco.

Al profesor lo encontraron en la tina de su casa con las muñecas tasajeadas y marcas de dientes ajenos alrededor de las heridas, no quedaba en él una sola gota de sangre. La habitación y su cuerpo estaban repletos de semen y fluidos corporales, pero ningún líquido fue analizado. El inspector Bobadilla, quien está a cargo del caso, descubrió que el profesor acostumbraba tener relaciones sexuales casuales con hombres que conocía en bares de la zona rosa, y considera (off the record) que un cuarentón al que le gusta cogerse a putitos no merece su tiempo (sic). La línea de investigación del inspector Bobadilla apunta a que el profesor era parte de un culto suicida homosexual que busca alcanzar el orgasmo al momento de morir por desangramiento. Hasta el día de hoy el inspector Bobadilla no ha reparado en lo imbécil de su teoría, y al parecer pretende cerrar el caso como suicidio.

Familiares y amigos advirtieron la desaparición de una cajera un jueves del pasado diciembre. De acuerdo al procedimiento no se levantó la denuncia hasta pasadas 72 horas de su ausencia, aunque desde la mañana del jueves sus allegados estaban seguros que la chica había sido drogada y secuestrada, ya que las amigas con la que asistió a un bar de La Condesa la noche anterior dedujeron que alguien las había drogado para llevarse a la joven. Sólo se encontraron a tres personas que afirman haber visto a la cajera salir del bar con un hombre muy delgado, que usaba una máscara hecha de cartón blanco con una espantosa sonrisa dibujada con plumón rojo.

De acuerdo a los declarantes, la mujer no estaba completamente inconsciente, caminaba e incluso sonreía estúpidamente en momentos; estaba muy intoxicada, pero no había forma de sospechar que estuviera siendo llevada contra su voluntad, según los testigos. Sin embargo, existen dos casos de desaparición previos con un escenario muy similar en bares de La Condesa, ambos están cerrados y no fueron relacionados con el de la cajera.

El caso del profesor está estancado por el desinterés y/o incompetencia del inspector Bobadilla, y el caso de la joven cajera se dirige a un destino similar. De acuerdo con el reporte de la inspectora Cruz, encargada del caso, la cajera tenía muchas parejas sexuales y odiaba su trabajo, lo cual es suficiente (de acuerdo al criterio de la inspectora) para concluir que la mujer se escapó con uno o una de sus amantes esa noche de miércoles, jugándoles una broma muy pesada a las amigas con quienes tomó el último trago antes de huir.

Los prejuicios de la ciudad invisibilizan hasta los crímenes más terribles.      

Es probable que los parásitos hayan llegado a esta ciudad para aprovecharse de la impunidad que impera en ella. Se mueven con la corrupción, se cuelan a través de nuestra indiferencia, llevándose a muchos inocentes consigo, consumiendo la vida de gente como nosotros, con sueño y aspiraciones que se truncan de forma violenta y sin aviso. Esperan momentos de susceptibilidad, instantes de desahogo, aguardando junto a los muros a la vista de todos, pero sin ser advertidos. Pueden estar vigilándote ahora, pueden estar vigilando a cualquiera, pueden estar esperándote…

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