Dominio

Los soldados estaban cerrando el portón de la barrera, Lino miraba hacia el otro lado y se preguntaba qué se sentiría cruzar por ahí, mientras una sutil sensación de claustrofobia recorría su cuerpo. A través del portón de la barrera entran los alimentos, ropas, herramientas y materiales que garantizan la supervivencia de los habitantes del Puerto, llevados en grandes camiones cuadrados decorados con franjas rojas y blancas a los costados. Esos mismos camiones salen del Puerto con las mercancías que se fabrican dentro, cosas como ollas, sillas, mesas y camas. Cuando el portón está abierto, los civiles tienen prohibido acercarse a la barrera después de la línea militarizada que se traza a 20 metros de distancia, sólo pueden verla a lo lejos, como hacía Lino esa tarde.

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La barrera ya tiene 10 años ahí. Es un muro formado por varillas, pedazos de cerca, cemento y otros materiales sólidos que los herreros y albañiles manipulan para darle la forma y el espesor que exige el Manual de Construcción y Manutención de la Barrera, una guía muy estricta que fue pactada por las ciudades controladas y los Gobiernos del Exterior. Los objetos para extender y fortalecer la barrera son extraídos de basureros en su mayor parte, si no se acumula la suficiente cantidad de provisiones mensuales que demanda el Manual, los ciudadanos del Puerto tienen que contribuir con pedazos de muro y barras de metal que tengan en sus casas.

El Puerto también cumple 10 años. Las autoridades de la ciudad organizan una celebración por una década de paz y de políticas justas y equilibradas, para ello es obligatoria la participación de todos los habitantes, quienes contemplarían las ceremonias de aniversario bien formados en bloques desde la plaza central. Lino no quiere ir a las celebraciones, no siente alegría porque el Puerto cumpla otro año, más teme contradecir la petición de las autoridades, así que decide ir. Todos los habitantes del Puerto toman la misma decisión.

Los soldados rodean la plaza central para cuidar que se preserve la paz durante el evento. Sólo hay un acceso a la plaza, donde hay militares de alto rango que saludan amablemente a las personas que ingresan, antes de que una tercia de cabos los registre de pies a cabeza. Lino ha llegado un poco tarde, y casi no logra pasar por el acceso antes de que quede bloqueado por más soldados, pero ya está adentro de la plaza y es conducido por un sargento a través del perímetro de la explanada, formando una fila junto con el resto de los ciudadanos rezagados. La fila de Lino es llevada hasta un espacio vacío entre los bloques de habitantes del Puerto, y ahí son formados bruscamente por dos soldados malhumorados.

El reloj de la plaza suena, marcando las 7 de la mañana en punto, y el líder de las autoridades del Puerto asoma su rostro desde el balcón. Después de un discurso sobre la unidad del pueblo del Puerto y sobre los beneficios de vivir en el orden que impera desde la construcción de la barrera, entran en la plaza destacamentos de militares, exhibiendo las armas y los vehículos con los que cuentan para mantener la paz en la ciudad. Las celebraciones terminan con fuegos artificiales y la entonación del “Canto del Orden”, el himno de las ciudades controladas.

Lino regresa cansado al albergue. Ha caminado tres kilometro para llegar a la plaza central, otros tres kilómetros para regresar, y estuvo de pie frente al balcón de ceremonias por al menos dos horas. En el albergue, un grupo de hombres miran en la televisión la repetición de las celebraciones de aniversario, aunque la mayoría se ha ido a descansar un poco antes de comenzar la jornada laboral, la cual se pospuso hasta las 11 de la mañana por ser un día especial. Lino decide sentarse un rato en la cama de abajo de la litera donde duerme, la cama que le corresponde a Lino es la de arriba, pero Juan Manuel, el muchacho que duerme abajo, es amable y le permite sentarse ahí durante el día si quiere reposar un momento.

Ya son las 10:30 am y Lino tiene que ir rumbo a la herrería para empezar a trabajar. Como siempre, Lino camina solo hasta su destino, pues Lino no disfruta de los tópicos habituales de conversación, como los programas televisivos abalados por la autoridad del Puerto, ni se anima hablando sobre las mujeres de Puerto 2, la ciudad vecina, donde sí se permite la cohabitación entre sexos. A Lino no le interesan las mujeres, alguna vez le interesaron, pero ya no ve el sentido en ilusionarse con una vida en pareja, tampoco con dormir con alguien. A Lino sólo le gusta pensar en grandes extensiones abiertas de tierra. Tierra roja, verde, negra.

La herrería donde trabaja Lino tiene muchos encargos desde que las autoridades del Puerto se responsabilizaron de dar mantenimiento a su lado de la barrera, sin embargo, el sueldo de Lino cada vez es menor, como el del resto de los habitantes del Puerto. Cuando Lino preguntó a las autoridades porque recibía menos dinero por trabajar más, le contestaron a través de una carta que decía: “Dadas las condiciones económicas actuales es necesario establecer un equilibrio justo entre los ingresos de los habitantes y la riqueza de la ciudad”. La carta terminaba explicando que si existía otra pregunta de parte de Lino entonces sería enviado al Campo de Concientización del Puerto, para aclarar todas sus dudas. Lino no tuvo ninguna pregunta más.

Lino trabaja instintivamente las 9 horas que le corresponde a diario, no habla ni mira a nadie, por eso lo conocen como “el mudo”. El supervisor de Lino se conforma con que martille lo que tenga que martillar y avive el fuego cuando se lo piden, aunque no le agrada su actitud, piensa que es antipatriota, un inadaptado desagradecido, como muchos que ha conocido. El supervisor de Lino recuerda los años previos a la construcción de la barrera y al establecimiento oficial de las ciudades controladas, como el Puerto, esos fueron años de mucha violencia e incertidumbre. El supervisor de Lino opina que la vida es mejor ahora, pues cualquier acto de vandalismo o subversión es suprimido al instante, y con suficiente voluntad se puede conseguir un trabajo para ganar lo necesario para comer y vestir, ya que, gracias a la instauración de albergues para trabajadores, sólo es necesario comprobar un empleo para tener un techo bajo el cual dormir.

A Lino no le interesa el desdén que evidentemente le tiene su supervisor, sin embargo, tiene cuidado de no darle razones para despedirlo. Lino sabe que los ciudadanos ociosos, las personas con más de un mes sin laborar, tienen que decidir entre ir a las mortales prisiones de las ciudades controladas o ser desterrados al desierto. Entre ambas opciones, Lino preferiría morir en el desierto, rodeado de tierra roja. Aun así, Lino teme a salir del Puerto sólo para perecer poco a poco por la sed, el hambre, el calor y las bestias.

“Otro día pasa, igual a todos los anteriores de la última década”, piensa Lino mientras camina hacia el albergue. Lino recuerda que durante los primeros dos años del establecimiento del Puerto varios grupos intentaron someter a los militares con cualquier clase de objeto que pudiera ser usado como arma, desde cuchillos para mantequilla hasta barras de metal, con la intención de acceder a las Instalaciones de la Autoridades del Puerto, la fortaleza donde viven y trabajan los gobernantes de la ciudad. Estos intentos siempre resultaron en masacres, o “lecciones para los civiles de bien”, como lo llamaron las autoridades del Puerto.

Lino recuerda que algunos idealistas esperaban que las represiones desencadenaran subversiones masivas, pero las tibias reacciones de la población civil fueron completamente silenciadas cuando las armas de eclosión llegaron a manos de los militares, directamente enviadas por los Gobiernos del Exterior, para salvaguardar el orden en las ciudades controladas. El tejido vivo que recibe un disparo de un arma de eclosión es desintegrado al instante, provocando la muerte instantánea en los casos más afortunados, o terribles desmembramientos a los infelices que viven para contarlo. Pero el efecto de las armas de eclosión que más aparecieron las autoridades fue la inhibición de los ánimos rebeldes de la población.

Las imágenes de las muertes por esas armas provocan un escalofrío en Lino. Prefiere enfocar su mente en recordar otros tiempos, su niñez en el campo, antes de la caída de la república. Lino entra al albergue y no habla con nadie, sigue viajando en sus recuerdos más placenteros y prefiere mantenerlos en su pensamiento para soñar con ellos. Son recuerdos sencillos sobre un niño corriendo descalzo, sintiendo el pasto entre los dedos de los pies, oliendo la hierba, la humedad y la tierra, palpando el viento con la palma de la mano. Al día siguiente, Lino llega temprano a la herrería, no pudo dormir más que un par de horas, los pensamientos y las emociones que creía controlar a su antojo no lo sueltan desde anoche, continúa imaginándose a sí mismo emancipado.

Lino intenta despabilarse y concentrarse en el trabajo, pero algo ocurrió ayer dentro de él, un ímpetu por perseguir su libertad no lo deja ensimismarse como suele hacer, y esa es la única forma en que logra soportar el enclaustramiento y la falta de sentido en su supervivencia. Las ideas siguen llegando. Una serie de estrategias de insurrección aparecen en su cabeza, cada una más disparatada que la anterior. De pronto deja de trabajar y se pone a caminar de un lado para otro con la mirada en el techo y luego en el suelo, frotándose el rostro con la mano izquierda. El supervisor nota que Lino no está trabajando y se acerca a preguntarle qué le ocurre. Lino lo ignora por completo y sigue caminando.

Ideas resuenan en la cabeza de Lino y ya no puede ignorarlas. El supervisor está cada vez está más molesto por una conducta que considera irrespetuosa y hasta criminal, y en su desesperación suelta un puñetazo al estómago de Lino, quien se dobla por el dolor. Lino sólo permanece inclinado un instante y se irgue rápidamente ante la sorpresa de supervisor y del resto de las personas en la herrería, entonces comienza a caminar hacia la salida ignorándolos a todos. Antes de abandonar la herrería, Lino alcanza a escuchar a su supervisor gritarle que está despedido, pero a él no le importa.

Mientras camina por las calles del Puerto las ideas siguen dándole vueltas: “¡Cabrones, haré que tiemble su domino!”, exclama la voz furiosa de su mente. Lino se detiene a 5 metros de la línea militarizada que resguarda el portón de la barrera, abierto en ese momento por la entrada y salida de los camiones de carga. Mira de frente a los inertes soldados que hacen una valla humana equipada con armas de eclosión mientras camina de lado a lado con los puños cerrados.

Los soldados mantienen una mirada robótica hacia el frente, sin prestar atención a la presencia de Lino, quien toma una roca grande del suelo y juguetea con ella pasándola de una mano a la otra. Un momento después Lino avanza hacia un soldado en específico y lo mira directamente a los ojos, antes de golpearlo violentamente con la roca en la cabeza. El soldado se toca el rostro y grita de dolor mientras la sangre comienza a chorrear por su frente, Lino ha empujado el cuerpo del soldado y ahora corre hacia el portón. Los soldados de la línea militarizada intentan disparar, pero sus armas no hacen fuego – “¡Son falsas, lo sabía!”, piensa Lino al correr, y por un momento sonríe.

Lino recibe un disparo al cráneo, proveniente de alguna de las torres de vigilancia de la barrera. Un cuerpo azuloso sin cráneo ni cuello cae al suelo, los soldados que ven el suceso no se inmutan. Los camiones de carga continúan entrando a la ciudad con provisiones y saliendo con las mercancías. El dominio de sus autoridades no se tambaleó. Cuando los soldados cerraron el portón, Lino ya no estaba ahí para ver hacia el otro lado.

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